bajé ayer a la orilla, sentí el sol tostarme los hombros, la costra de sol formándose encima. el ruido del rompeolas haciendo eco en las orejas. el agua salada secándose sobre los brazos hasta la hora de volver a entrar. en medio de estas jornadas de 52,5h despertar y vivir en el hospital y volver a casa ¿qué hago con toda esta energía y ganas de utilizarla cuando me duele el resto del cuerpo? tengo eso que dice el psiquiatra de ansiedad en rasgo no patológico, pero hoy sí he bajado de verdad a la playa, y aquí abrazada al sol me siento muy bien, tanto como para no querer irme. quiero alargar este abrazo de calor y viento.
estoy rodeada por las olas y el tejido suave de la toalla. aquí el tiempo se estira como en los vídeos de mis vhs viejos: los gritos de los niños se alargan, hacen equilibrio sobre la tabla para no caerse, a mí me llegan amortiguados. el sonido se pierde en medio de la conversación de la sombrilla de al lado y la voz del hombre que pasa por nuestro lado vendiendo gafas de sol.
este trozo de playa se convierte en mi cama. aquí escribo y leo y estiro las piernas que ya empiezan a coger color, un tono pardo muy suave que disimula mejor los cardenales de darme golpes. siento tanta paz como si estuviese lejos de todo, acincada en el borde de la tierra, en el contorno del fin del mundo donde no hay tierra más allá. una chica detrás nuestro le dice a otra si fuera por mí no me lavaría nunca el pelo en verano. terminé de leer jarroa y pienso en que no somos tan diferentes las gentes del mar aunque estemos lejos. esta mañana compré otro libro con la paga de verano. mi cabeza canturrea take me to the sky-y-y-y la cover de you never walk alone es la misma parada de autobús de espaldas al mar que todas las paradas de autobús de espaldas al mar que hay donde vivo.
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